Sólo en la medida en que seas capaz de ver
a alguien tal como realmente es,
aquí y ahora,
no como es en tu memoria,
en tu deseo o tu imaginación,
sólo así podrás realmente amar.
-Shantideva
Existo todavía
miércoles, 15 de febrero de 2012
miércoles, 11 de enero de 2012
Catarsis
Mientras esperábamos
el tren me di cuenta que
aquél niño de diminutas
dimensiones
iba descubriendo el
mundo a mi lado.
Pero… ¿cómo
protegerlo?, ¿cómo privarlo de elegir?
Incluso con mi propia
presencia le adjudicaba un
futuro sucio y
complejo.
Así que lo aventé a las vías
y con él mi infancia,
y con él mis culpas,
y con él mis ganas.
Por Yvonne Aguirre
Checa la ilustración de este poema en: http://www.wix.com/panfis/daniel#!portafolio/albumphotos0=0
Por Yvonne Aguirre
Checa la ilustración de este poema en: http://www.wix.com/panfis/daniel#!portafolio/albumphotos0=0
domingo, 27 de noviembre de 2011
José
Era
un hombre de entre los cuarenta, soltero y de cabello cano, y como el decía,
inteligente. Pasaba el tiempo leyendo el diccionario, investigando un lenguaje
rebuscado y tomando fotografías, sin embargo y en secreto, yo lo consideraba
falto de ideas, cursi, un snob. Pero a cada encuentro con un hombre de este
tipo, todo lo encontraba interesante y divertido. Y ante la tentadora idea de
una aventura novelesca con un hombre totalmente desigual de edad a mí, mi ánimo
cayó súbitamente en las banalidades del pensamiento romántico.
Pronto
empezó el cortejo de una conversación sarcástica y burlona de dos personas
llenas de sinsentidos, dos personas que no cuenta, si no pesan los días.
Recuerdo su confianza, su ligereza y sus manías, su manera de comportarse en
público y especialmente sus intentos fallidos por mantenerse firme en los
debates. Fue a merced de las luces de la ciudad cuando rodeó mi cuerpo con sus brazos,
me miró intensamente y me besó de una manera trascendental. Luego sigilosamente
miró a nuestro alrededor como si se escondiera de algún calibre diecisiete, de
un encuadre que me incluyera.
Del
pasado, conservaba recuerdos de hombres jóvenes, bellos. Esa misma hermosura
excitaba mi odio haciendo que todas sus fanáticas fuesen para mí escalas; al final siempre terminaban por huir bajo el pretexto calificativo de que yo
era algo parecido a un iceberg. Pero en este caso solo existía la timidez de mi
juventud y la calidez de su experiencia. Debo admitir que en algún momento
sentí que por fin alguien llamaba a la puerta, a la puerta correcta.
No
se movía una hoja, en los árboles cantaban las chicharras, de las pocas que
quedaban, y solo llegaba a nosotros el leve ruido de las llantas sobre el pavimento.
Fue aquí cuando pensé lo bello que es todo en el mundo, y que precisamente
desperdiciaba mi vida distrayéndome con estos exquisitos romances efímeros para
no enfrentar el absurdo que genera una realidad vacía, para olvidar mi dignidad
y los altos designios de mi existencia.
Así
que hice partir al tren rápido. Tan rápido que sus luces se esfumaron y en un
abrir y cerrar de ojos ya no se olía ni el ruido, como si todo hubiese
conspirado dentro de mí y del mundo que acaba de descubrir, para hacerme olvidar
aquel tierno delirio. Ese hombre, que nunca más volveré a encontrar, no fue
feliz conmigo, pues siempre hubo en mis caricias y en mis palabras un crudo y
honesto toque de ironía que sin intención alguna: lo habían engañado.
Por Yvonne Aguirre
viernes, 11 de noviembre de 2011
El significado de ignorancia en siglo XXI
Se advierte de
entrada que este ensayo no esta sujeto a comentarios, pues su único objetivo es
despertar la razón para nutrir, o en su debido caso, fortalecer tus más
sinceras convicciones.
Yvonne
Aguirre
jueves, 10 de noviembre de 2011
Inspirazione
Son las dos y treinta de la madrugada cuando un ladrón entró
abruptamente a su cuarto. De un golpe le quitó las sábanas, le abrió las
piernas y la puso en penitencia. Mientras prendía las velas que se encargarían
de calentar las más íntimas ideas de su víctima, éste le ordenó que se tocara,
que moviera los dedos de izquierda a derecha, de arriba a abajo y en suaves
círculos…
Con
esfuerzo y somnolienta María Samaniego se dispuso a obedecerlo. Pero él no
quería entenderla, no quería ver que su sombra era lo bastante pesada para
seguir con la tarea. Sin embargo, la mantendría escribiendo hasta que la última
vela cayera en batalla. El ya estaba acostumbrado pues era igual de viejo que
el tiempo. Asechaba a todas sus víctimas con la misma promesa, y sin importar
raza, género, hemisferios y temporada se dedicaba a arrancar violentamente los
versos del poeta y a testiguar a favor del orador. A su tiempo y silenciosamente
haló del pelo a María, la llevó al arroyo donde la depositó en una tabla; la arropó
con delicadeza, pero no antes de besarla dulcemente en la frente: la hizo
zarpar. Además le prendió las estrellas porque sabía de la oscuridad de sus
sueños.
Por Yvonne Aguirre
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