Era
un hombre de entre los cuarenta, soltero y de cabello cano, y como el decía,
inteligente. Pasaba el tiempo leyendo el diccionario, investigando un lenguaje
rebuscado y tomando fotografías, sin embargo y en secreto, yo lo consideraba
falto de ideas, cursi, un snob. Pero a cada encuentro con un hombre de este
tipo, todo lo encontraba interesante y divertido. Y ante la tentadora idea de
una aventura novelesca con un hombre totalmente desigual de edad a mí, mi ánimo
cayó súbitamente en las banalidades del pensamiento romántico.
Pronto
empezó el cortejo de una conversación sarcástica y burlona de dos personas
llenas de sinsentidos, dos personas que no cuenta, si no pesan los días.
Recuerdo su confianza, su ligereza y sus manías, su manera de comportarse en
público y especialmente sus intentos fallidos por mantenerse firme en los
debates. Fue a merced de las luces de la ciudad cuando rodeó mi cuerpo con sus brazos,
me miró intensamente y me besó de una manera trascendental. Luego sigilosamente
miró a nuestro alrededor como si se escondiera de algún calibre diecisiete, de
un encuadre que me incluyera.
Del
pasado, conservaba recuerdos de hombres jóvenes, bellos. Esa misma hermosura
excitaba mi odio haciendo que todas sus fanáticas fuesen para mí escalas; al final siempre terminaban por huir bajo el pretexto calificativo de que yo
era algo parecido a un iceberg. Pero en este caso solo existía la timidez de mi
juventud y la calidez de su experiencia. Debo admitir que en algún momento
sentí que por fin alguien llamaba a la puerta, a la puerta correcta.
No
se movía una hoja, en los árboles cantaban las chicharras, de las pocas que
quedaban, y solo llegaba a nosotros el leve ruido de las llantas sobre el pavimento.
Fue aquí cuando pensé lo bello que es todo en el mundo, y que precisamente
desperdiciaba mi vida distrayéndome con estos exquisitos romances efímeros para
no enfrentar el absurdo que genera una realidad vacía, para olvidar mi dignidad
y los altos designios de mi existencia.
Así
que hice partir al tren rápido. Tan rápido que sus luces se esfumaron y en un
abrir y cerrar de ojos ya no se olía ni el ruido, como si todo hubiese
conspirado dentro de mí y del mundo que acaba de descubrir, para hacerme olvidar
aquel tierno delirio. Ese hombre, que nunca más volveré a encontrar, no fue
feliz conmigo, pues siempre hubo en mis caricias y en mis palabras un crudo y
honesto toque de ironía que sin intención alguna: lo habían engañado.
Por Yvonne Aguirre
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