Son las dos y treinta de la madrugada cuando un ladrón entró
abruptamente a su cuarto. De un golpe le quitó las sábanas, le abrió las
piernas y la puso en penitencia. Mientras prendía las velas que se encargarían
de calentar las más íntimas ideas de su víctima, éste le ordenó que se tocara,
que moviera los dedos de izquierda a derecha, de arriba a abajo y en suaves
círculos…
Con
esfuerzo y somnolienta María Samaniego se dispuso a obedecerlo. Pero él no
quería entenderla, no quería ver que su sombra era lo bastante pesada para
seguir con la tarea. Sin embargo, la mantendría escribiendo hasta que la última
vela cayera en batalla. El ya estaba acostumbrado pues era igual de viejo que
el tiempo. Asechaba a todas sus víctimas con la misma promesa, y sin importar
raza, género, hemisferios y temporada se dedicaba a arrancar violentamente los
versos del poeta y a testiguar a favor del orador. A su tiempo y silenciosamente
haló del pelo a María, la llevó al arroyo donde la depositó en una tabla; la arropó
con delicadeza, pero no antes de besarla dulcemente en la frente: la hizo
zarpar. Además le prendió las estrellas porque sabía de la oscuridad de sus
sueños.
Por Yvonne Aguirre
No hay comentarios:
Publicar un comentario