jueves, 10 de noviembre de 2011

Inspirazione


Son las dos y treinta de la madrugada cuando un ladrón entró abruptamente a su cuarto. De un golpe le quitó las sábanas, le abrió las piernas y la puso en penitencia. Mientras prendía las velas que se encargarían de calentar las más íntimas ideas de su víctima, éste le ordenó que se tocara, que moviera los dedos de izquierda a derecha, de arriba a abajo y en suaves círculos…
            Con esfuerzo y somnolienta María Samaniego se dispuso a obedecerlo. Pero él no quería entenderla, no quería ver que su sombra era lo bastante pesada para seguir con la tarea. Sin embargo, la mantendría escribiendo hasta que la última vela cayera en batalla. El ya estaba acostumbrado pues era igual de viejo que el tiempo. Asechaba a todas sus víctimas con la misma promesa, y sin importar raza, género, hemisferios y temporada se dedicaba a arrancar violentamente los versos del poeta y a testiguar a favor del orador. A su tiempo y silenciosamente haló del pelo a María, la llevó al arroyo donde la depositó en una tabla; la arropó con delicadeza, pero no antes de besarla dulcemente en la frente: la hizo zarpar. Además le prendió las estrellas porque sabía de la oscuridad de sus sueños.
Por Yvonne Aguirre

No hay comentarios:

Publicar un comentario