domingo, 27 de noviembre de 2011

José


Era un hombre de entre los cuarenta, soltero y de cabello cano, y como el decía, inteligente. Pasaba el tiempo leyendo el diccionario, investigando un lenguaje rebuscado y tomando fotografías, sin embargo y en secreto, yo lo consideraba falto de ideas, cursi, un snob. Pero a cada encuentro con un hombre de este tipo, todo lo encontraba interesante y divertido. Y ante la tentadora idea de una aventura novelesca con un hombre totalmente desigual de edad a mí, mi ánimo cayó súbitamente en las banalidades del pensamiento romántico.

Pronto empezó el cortejo de una conversación sarcástica y burlona de dos personas llenas de sinsentidos, dos personas que no cuenta, si no pesan los días. Recuerdo su confianza, su ligereza y sus manías, su manera de comportarse en público y especialmente sus intentos fallidos por mantenerse firme en los debates. Fue a merced de las luces de la ciudad cuando rodeó mi cuerpo con sus brazos, me miró intensamente y me besó de una manera trascendental. Luego sigilosamente miró a nuestro alrededor como si se escondiera de algún calibre diecisiete, de un encuadre que me incluyera.
Del pasado, conservaba recuerdos de hombres jóvenes, bellos. Esa misma hermosura excitaba mi odio haciendo que todas sus fanáticas fuesen para mí escalas; al final siempre terminaban por huir bajo el pretexto calificativo de que yo era algo parecido a un iceberg. Pero en este caso solo existía la timidez de mi juventud y la calidez de su experiencia. Debo admitir que en algún momento sentí que por fin alguien llamaba a la puerta, a la puerta correcta.

No se movía una hoja, en los árboles cantaban las chicharras, de las pocas que quedaban, y solo llegaba a nosotros el leve ruido de las llantas sobre el pavimento. Fue aquí cuando pensé lo bello que es todo en el mundo, y que precisamente desperdiciaba mi vida distrayéndome con estos exquisitos romances efímeros para no enfrentar el absurdo que genera una realidad vacía, para olvidar mi dignidad y los altos designios de mi existencia.

Así que hice partir al tren rápido. Tan rápido que sus luces se esfumaron y en un abrir y cerrar de ojos ya no se olía ni el ruido, como si todo hubiese conspirado dentro de mí y del mundo que acaba de descubrir, para hacerme olvidar aquel tierno delirio. Ese hombre, que nunca más volveré a encontrar, no fue feliz conmigo, pues siempre hubo en mis caricias y en mis palabras un crudo y honesto toque de ironía que sin intención alguna: lo habían engañado.

Por Yvonne Aguirre

viernes, 11 de noviembre de 2011

El significado de ignorancia en siglo XXI


Se advierte de entrada que este ensayo no esta sujeto a comentarios, pues su único objetivo es despertar la razón para nutrir, o en su debido caso, fortalecer tus más sinceras convicciones. 

A lo largo del tiempo se ha estado engendrando la idea de que el conocimiento de datos, en esencia, es sinónimo de libertad. Es así como me dispongo a anunciarte que a la luz de mi razón existen dos tipos de conocimiento, el que esta orientado a conocer por conocer [Filosofía(amor a la sabiduría)] en contraste con el que esta orientado a conocer para ser. Existen conocimientos que no están diseñados para transformar o mejorar la vida humana, intrínsecamente estériles y peligrosos. Nuestra cabeza está llena de datos, lo cual no nos hace ser más sabios, si no más bien nos hace tener una percepción equivocada de la realidad; pues nuestro cerebro se ve acribillado por múltiples sentencias que deben de ser profundamente analizadas pero el sistema capitalista nos mantiene ocupados para no reflexionar en ello. Si entendemos por filosofía la definición clásica que nos dio Aristóteles que es “conocer todas las cosas a través de sus causas a la luz natural de la razón” estamos en el camino correcto, pues nos religaremos con nuestra propia naturaleza y no seremos libres a la luz de un ética social si no a la luz de nuestra propia esencia. Si por ética entendemos un código moral que nos plantea la identidad absoluta del bien y del mal y que de esta manera se es libre, se tiene un problema. Por mencionar un ejemplo, la ética judeocristiana no está basada en el análisis y convicción de nuestras acciones sino en el miedo.Y en mi opinión el miedo no es un método muy evolucionado para desarrollarse como una persona sabia, pues no nos hace cambiar nuestras actitudes, nos hace reprimirlas. Anteriormente he subrayado la palabra identidad absoluta pues es importante recalcar que hasta lo que el hombre ha llegado a descubrir, el cambio es lo único constante, no pueden existir sociedades exclusivistas. Una observación acerca de la juventud que rodea mi entorno, es la absolutización de lo relativo, pues en ocasiones he escuchado comentarios emotivos y llenos de credulidad acerca de tal o cual teoría que no transforman ni la vida de quien lo defiende ni la del mismo creador como en el caso de Nietzsche. Por eso es muy importante no subestimar el poder de la redacción y de la manipulación mental. Todo esto genera una sociedad egoísta, una sociedad que si sigue conociendo por conocer no se transformará de una manera positiva que le ayude a trascender para dejar de ignorar lo que realmente es ser ignorante.

Yvonne Aguirre 

jueves, 10 de noviembre de 2011

Inspirazione


Son las dos y treinta de la madrugada cuando un ladrón entró abruptamente a su cuarto. De un golpe le quitó las sábanas, le abrió las piernas y la puso en penitencia. Mientras prendía las velas que se encargarían de calentar las más íntimas ideas de su víctima, éste le ordenó que se tocara, que moviera los dedos de izquierda a derecha, de arriba a abajo y en suaves círculos…
            Con esfuerzo y somnolienta María Samaniego se dispuso a obedecerlo. Pero él no quería entenderla, no quería ver que su sombra era lo bastante pesada para seguir con la tarea. Sin embargo, la mantendría escribiendo hasta que la última vela cayera en batalla. El ya estaba acostumbrado pues era igual de viejo que el tiempo. Asechaba a todas sus víctimas con la misma promesa, y sin importar raza, género, hemisferios y temporada se dedicaba a arrancar violentamente los versos del poeta y a testiguar a favor del orador. A su tiempo y silenciosamente haló del pelo a María, la llevó al arroyo donde la depositó en una tabla; la arropó con delicadeza, pero no antes de besarla dulcemente en la frente: la hizo zarpar. Además le prendió las estrellas porque sabía de la oscuridad de sus sueños.
Por Yvonne Aguirre